Aguantar

Hace unos días, volando en un vuelo de Interjet, estaba leyendo una revista de grandes campañas militares en la historia de la humanidad, algo que realmente me encanta. Los artículos explicaban los elementos poco convencionales que algunos dirigentes y comandantes militares utilizaron para destruir a fuerzas mucho mayores en número.

Extrañamente, me di cuenta que la mayoría de las veces, en las grandes y muy anticipadas campañas, aquel que tiene las fuerzas más extensas y por quien todos los pronósticos recaen, son los que a fin de cuentas terminan siendo derrotados de manera soberbia, como si su propio orgullo les diese una bofetada sin guante.

Este extraño fenómeno puede que se deba a algo que sucede con el poder ofensivo de los conquistadores al momento de contar con amplia superioridad o algo que sucede con aquellos quienes se encuentran en desventaja absoluta, algo que nadie ha hecho claro, ya que probablemente es imposible, debido a que pocos son los que han estado presentes en tales circunstancias; por lo tanto, es imposible determinar exactamente qué es lo que hace que el barco cambie de curso de tal manera.

En el caso de aquellos supremos ejércitos que han sido derrotados de este modo son ejércitos que por lo general son de carácter ofensivo y es en la ofensiva desmesurada, aunque metódicamente, manejada donde son cabalmente derrotados.

Esto podría deberse, en la mayoría de las ocasiones, a que el tiempo las traiciona, ya que las ofensivas, como las tormentas, tienen su tiempo limitado y no pueden mantener su fuerza encolerizada por demasiado tiempo.

La cuestión que los analistas militares deben de estudiar para entender este fenómeno constante de David y Goliat es por qué las ofensivas de campañas en específico han sido detenidas o entorpecidas.

Rusia es maestra en causar la prolongación de los ataques de sus enemigos hasta hacer de lo que inicialmente era una tormenta, una simple ráfaga de viento a la que se puede contraatacar de manera letal y decisiva una vez debilitada.

De este modo fue como los rusos detuvieron a Napoleón Bonaparte en su épica invasión de 1812 y a Adolfo Hitler en su invasión de 1941 a la tierra soviética, en ambas campañas prolongándose ofensivas titánicas hasta debilitarse y ser contraatacadas hasta la derrota.

Sin embargo, esto es algo sumamente complejo y Napoleón bien dijo “No hay nada más complejo en la guerra que la transición de la defensa a la ofensiva”, algo que dijo cuando en su exilio definitivo en Santa Helena.

Lo mismo sucedió en la épica batalla de Waterloo cuando los franceses fueron detenidos durante todo el día –incluyendo una carga de caballería de 1,200 caballos-, hasta que llegaron los prusianos a impactar la retaguardia imperial, forzando la retirada hacia París de Napoleón y sus hombres.

Sin embargo, esto solo se obtiene con sangre, sudor y lágrimas, aguantando y aguantando ola tras ola de abrumadores ataques, diseñados para destruir a la mente del defensor en mil pedazos y consecuentemente su voluntad, como sucedió en la conquista alemana de Francia, en la ofensiva de 1940.