Viejo, mi querido viejo

No hay canción que me estruje el corazón tanto como la de ‘Mi viejo’, escuchar la voz de Vicente y Alejandro Fernández y recordar a aquel ser humano que me crío con tanto empeño, esfuerzo y dedicación pese a no contar con el apoyo de su esposa. Era madre y padre, era mi querido viejo. Nunca tuve las suficientes palabras para expresarlo lo agradecido que estoy con él por todos los sacrificios que hizo para que yo fuera el hombre que soy ahora. Sí se lo dije, pero lo que él hizo por mí fue inmenso y siempre he sentido que le quedé a deber y nunca fue suficiente todo lo que le traté de devolver. Además que el tiempo jugó en mi contra.

Mi madre murió dos meses después de mi nacimiento por complicaciones del parto, así que mi padre tuvo que hacerse cargo de la noche a la mañana de un pequeño, hambriento y llorón niño. Su trabajo era extenuante e imagino que fue como un balde de agua fría el tener que pensar cómo sacarme adelante y a la vez lidiar con la pérdida de la mujer que tanto amaba y por la que siempre luchó hasta el final de sus días. Incluso gastó más dinero del que tenía para llevarla a un laboratorio médico de referencia de renombre para saber lo que le pasaba, pero poco pudieron hacer para contrarrestar los efectos en su cuerpo. Ahora éramos él y yo contra el mundo. No tenía abuelos, bueno, una abuela por parte de mi mamá, pero estaba devastada como para tener una responsabilidad.

Así que mi padre se las ingenió para llevarme a su trabajo, él era mecánico en un taller, era el mecánico estrella pues muchos clientes lo buscaban para que él fuera quien les arreglara sus lujosos automóviles. Mientras trabajaba, a mí me dejaba en la oficina de la recepcionista y cuando me ponía de chillón y hartaba a mi niñera improvisada, me iba a buscar y me cargaba en la espalda o en su regazo mientras revisaba algún auto, me contaba que me explicaba para qué servía cada cosa en el vehículo, qué es lo que estaba haciendo y nunca dejaba de hablarme. Yo me mantenía callado, atento.

Cuando entré a la escuela me enseñó a valerme por mí mismo, ayudado también por el kínder y la primaria de paga que me dio, donde me enseñaron a ser independiente, o lo que se puede ser en ese entonces. Nunca escatimó en los estudios, me dio las mejores escuelas para que yo pudiera estudiar hasta la universidad. Después de graduarme y titularme, comencé a trabajar y en ocasiones le ayudaba en el taller, ya que me recibí como ingeniero automotriz. Pagaba cosas de la casa y le dejaba los gastos que fueran menores, lo invitaba a comer, nos íbamos al cine y empezó a trabajar menos horas gracias a los buenos sueldos que recibía. Pero llegó el día en que se reuniría con mi madre, un paro cardíaco fulminante me lo arrebató. Hoy lo recuerdo con tanto cariño, más cuando corté el listón de mi propio taller: Mi querido viejo.